Cuando pensamos en la biodiversidad de Chiloé, lo primero que nos viene a la mente son mamíferos como el pudú o el zorrito de Darwin, algunas aves como el chucao, y probablemente también los árboles, arbustos, musgos y helechos que pueblan los bosques y humedales tan característicos del archipiélago. Sin embargo, existe otra diversidad, cotidiana y (si se me permite) menos mediática, que aparece en los campos, en los huertos e invernaderos, y también en las mesas de cada casa. Son las especies y variedades que están adaptadas a las condiciones insulares, y que los habitantes han mantenido y traspasado de una generación a la siguiente, así como los conocimientos asociados a la manera de producir y utilizar estos recursos. Que todos estos recursos (tangibles e intangibles) sigan presentes y evolucionando en los sistemas productivos locales y no solamente conservados en condiciones controladas es parte de lo que permite mirar a Chiloé como un laboratorio vivo.
Conservar la diversidad agroalimentaria de Chiloé no debería importarnos solamente por razones históricas o culturales. En agricultura y ganadería, trabajar con una base genética muy estrecha significa también depender de material genético que responda de manera similar frente a una enfermedad, una sequía o un cambio en las condiciones de producción. Sin embargo, cuando disponemos de poblaciones diferentes, aumenta la posibilidad de encontrar características útiles frente a cambios ambientales, y que los animales y vegetales que utilizamos para comer puedan resistir estos cambios sin desaparecer. Esto es fundamental para la seguridad alimentaria.
Las papas nativas son quizás el ejemplo más evidente de la diversidad alimentaria chilota, con esa paleta de colores en su piel y pulpa, sus curiosas formas y sus diferentes tamaños, texturas y usos. Esa diversidad se ha mantenido porque generaciones de agricultores seleccionaron y conservaron aquellas que les interesaban por su comportamiento en el campo, por su sabor y textura o por su apariencia. Sin embargo, en los sistemas productivos del archipiélago encontramos también razas de animales domésticos de producción que llevan muchas generaciones adaptándose a las condiciones locales, como la oveja Chilota. Igualmente hay una gran cantidad de cultivos y variedades vegetales mantenidos en las huertas. Y, junto con ellos, algo inmaterial: el conocimiento de las personas que han conservado esas especies, razas y variedades, y que hizo merecedor a Chiloé de ser reconocido a nivel mundial como uno de los primeros sitios SIPAM de la FAO en el año 2011.

Debido a la condición de insularidad, estos recursos y prácticas siguen funcionando en cierto modo como lo hacían hace siglos, pero a la vez adecuándose. En el trabajo con productores esto se hace evidente: los animales y vegetales diversos continúan criándose, sembrándose, intercambiándose y consumiéndose, y en ese camino continúan siendo transformados. Cada vez que un agricultor decide guardar una papa porque anduvo mejor en su campo, o mantener una raza animal que funciona bien bajo sus condiciones de manejo, ocurre un proceso de selección y adaptación. Por otro lado, ocurre que algunas especies, razas o variedades dejan de utilizarse (a veces sucumbiendo ante las comerciales, otras veces porque no acompaña el relevo generacional, u otras razones). Entonces, en este mismo laboratorio natural, también podemos observar que un recurso que deja de producirse y que pierde su vínculo con las personas corre el riesgo de convertirse en un recuerdo, o simplemente desaparece. Por eso, es imprescindible conocer mejor la diversidad agroalimentaria, caracterizarla y buscar formas de mantenerla dentro de los sistemas. Aquí, la investigación científica tiene mucho que aportar. En INIA se estudian las características, la composición, adaptación o comportamiento de los distintos recursos. Poder estudiarlos en las condiciones donde continúan produciéndose y utilizándose permite además comprender mejor cómo responden en la práctica. Por ello, los estudios y el conocimiento científico deben necesariamente conversar con el que ya existe en el campo.
El desafío es precisamente identificar qué características vale la pena conservar y cómo podemos aprovecharlas. Algunas podrán tener interés productivo; otras, gastronómico o nutricional. En ciertos casos, su principal valor será cultural y estará asociado a la identidad de una comunidad. Y quizás esa sea una de las mayores riquezas de Chiloé, donde todavía se puede observar la fuerte relación entre alimento, producción y cultura en forma cotidiana. Sólo hay que darse una vuelta por la feria de Castro un sábado para darse cuenta de que en Chiloé la biodiversidad agroalimentaria no está separada de las personas que la mantienen.
Conservar esta diversidad agroalimentaria requiere investigación en laboratorios clásicos, pero por sobre todo requiere que la investigación contribuya a que siga teniendo sentido sembrar, criar, cocinar y consumir esa biodiversidad. Porque el laboratorio natural que es el archipiélago seguirá estando vivo precisamente mientras esa diversidad continúe formando parte de la vida de las personas. Si logramos eso, no estaremos solamente protegiendo algo que recibimos de generaciones anteriores. Estaremos manteniendo disponibles recursos que pueden seguir formando parte de la alimentación local y mundial en el futuro.
Dra. María Eugenia Martínez P.
Investigadora
INIA Remehue-C.E. Butalcura (Chiloé)
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