Corría el año 28 cuando don Liborio Oyarzún desembarcó del vapor Chacao en el muelle de la Ferronave, ese que se codeaba, casi sin haberlo pedido, con el muelle de la Compañía, como dos vecinos obligados a compartir cerco sin haberse elegido nunca.
Traía consigo lo mínimo que trae siempre un hombre joven cuando todavía cree que el mundo le debe algo: ganas, un oficio guardado en el bolsillo sin usar todavía, y esa ingenuidad hermosa de quien no sabe que está a punto de caminar directo hacia la historia sin que nadie se lo anuncie con anticipación.
Pensándolo bien, casi ningún hombre sabe nunca el día exacto en que empieza a convertirse en memoria de los demás. Uno cree que está resolviendo, simplemente, el problema más urgente que tiene delante —encontrar trabajo, encontrar techo—, y sólo mucho después, si alguien se toma la molestia de preguntarle y de escribirlo, descubre que aquella caminata torpe y desorientada era, en realidad, el primer párrafo de algo que iba a durar cien años.
En el puerto no había nada para él. Todo trabajo tenía dueño ya, toda actividad hervía sin dejarle a Liborio un solo resquicio donde meter las manos. Así que hizo lo que hacían los hombres cuando el puerto los rechazaba con la misma cortesía fría de un mesón sin sillas disponibles: agarró rumbo al interior. Balseo primero. Cruzar el río. Y después, Pampa del Corral, un nombre que entonces sonaba más a promesa incierta que a lugar concreto donde de verdad pudiera pasarle algo.
Salió muy temprano, acompañado de dos amigos y sus pilcheros, metiéndose de lleno en un cipresal tupido que no figuraba en ninguno de los libros que él, quizás, había alcanzado a leer antes de embarcarse, porque los libros, ya se sabe, describen el mundo con una elegancia que el mundo mismo nunca se toma la molestia de cumplir. La senda tenía uno o dos metros de ancho, apenas. Una balsa chirriaba con sus cables y roldanas como si se quejara, con toda razón, de llevar tanto peso humano sobre un armazón de madera y esperanza. Había una posada, siempre llena, porque en esos años la soledad patagónica tenía la costumbre extraña de concentrarse toda junta en los mismos pocos lugares donde un hombre podía calentarse las manos sin sentirse completamente solo.
Uno mira el mapa de hoy y cree que el río siempre estuvo exactamente donde está, quieto, definitivo, como si los ríos no tuvieran también su propia biografía secreta. Pero no: la huella antigua ocupaba el mismo espacio que hoy ocupa el agua, hasta que el río, con esa paciencia terca que tienen los ríos para corregir a los hombres que se atreven a trazarles caminos al lado, decidió comerse las riberas y ensancharse él mismo, sin pedirle autorización a ningún ingeniero ni a ninguna autoridad de la época.
Los kilómetros se acumularon, intensos, hasta que el camino mismo los dejó perplejos. Y entonces, desde lo alto de Baguales, apareció la escena que ningún libro le había prometido: un pedacito de pampa, rodeado de calafatal y monte por todos lados. Pasó de largo esa primera vez y el 40, cuando volvió se encontró con un pueblo ya, con la botica de la señorita Amalia, como único punto reconocible en medio de tanta nada verde. A Liborio se le entró el habla. No hay metáfora más honesta para describir el asombro que esa frase simple: se le entró el habla, como se le entra el agua a un bote que no sabía que tenía una grieta.
Llegar de tan lejos, con la cabeza llena de rumores de segunda mano —porque nadie le había contado, en realidad, los detalles exactos de este lugar, más bien el nombre y la promesa vaga de que ahí se podía trabajar—, y encontrarse de golpe con la evidencia física de que el mundo era mucho más grande, y mucho más vacío, de lo que cualquier relato oral alcanzaba a transmitir. Hay verdades que tal vez entran únicamente por los ojos, y ésta era una de ellas.
Ahí, contó él mismo muchos años después, había un corral de varas donde los jinetes de a pie tenían derecho a montar un caballo, recorrer su camino, y devolverlo después en la primera comisaría de carabineros que se les cruzara. Un sistema de préstamo equino sin papeleo, sin firma, sin garantía más que la palabra de un hombre y el peso silencioso de la costumbre compartida. Qué distinto, pensaba uno escuchándolo, de todo lo que hoy exigimos para confiar en un desconocido. Los ingleses, mientras tanto, administraban con esa organización casi ofensiva de quien llega a un territorio ajeno y se pone a ordenarlo como si fuera de toda la vida: cuatro estancias, Coyhaique Bajo, Coyhaique Alto, Baño Nuevo, Ñirehuao, repartidas con la precisión de quien juega ajedrez sabiendo, además, que el otro bando ni siquiera conocía las reglas del tablero.
Esa primera noche, Liborio durmió cerca de los corralones, en un campamento improvisado, uno más entre decenas iguales, porque toda la Pampa del Corral se llenaba de campamentos como el suyo. Un verdadero mercado humano, según sus propias palabras, donde los ingleses elegían, con la calma de quien compra fruta en la feria, carpinteros, herreros, peones, capataces, arrieros, gauchos, qué se yo. La mano de obra patagónica, exhibida sin vitrina, esperando que algún administrador decidiera, con un gesto mínimo, el destino de los meses siguientes.
Y uno se queda pensando, tantos años después, frente a esta misma página que también exige su cuota de paciencia: ¿qué pensarían esos hombres, tirados sobre sus mantas junto al fuego, mientras esperaban que la mañana les asignara un oficio y un patrón? ¿Soñarían con la tierra que habían dejado atrás, en Chonchi, en Ancud, en cualquier caleta chilota donde el mar al menos tenía la decencia de mostrarse completo, sin esconderse detrás de un cipresal interminable? ¿O ya habían aprendido, con esa sabiduría instantánea que regala la pura necesidad, a no soñar demasiado lejos, porque soñar lejos, en la Pampa del Corral de 1928, era el lujo más caro de todos, más caro incluso que un caballo prestado sin devolver?
La historia grande se olvidó de preguntarles, ocupada como estaba en contar estancias, apellidos ingleses y límites de concesión sobre mapas que ellos mismos, los peones, jamás llegaron a ver dibujados. Pero don Liborio, recordándolo décadas más tarde con una memoria todavía sorprendentemente intacta, nos devolvió al menos una esquina de esa respuesta: dormían, comían lo que había, y al otro día seguían caminando, porque la Patagonia de entonces no le concedía a nadie el lujo de la melancolía prolongada. La supervivencia, entendí escuchándolo, funcionaba como un capataz mucho más estricto que cualquier inglés de estancia: no admitía pausas para el llanto.
Al otro día, la noche lo encontró cerca de El Blanco. Ahí no había nada más que unas casas pequeñas —de los Foitzick, de los Cadaganes— sosteniéndose solas frente a una selva que dominaba absolutamente todo el paraje, sin ninguna vergüenza ni disculpa. Los caballos, más sabios que sus propios jinetes en esto, iban buscando las picadas por puro instinto, porque la selva ofrecía peligros que crecían a medida que avanzaban las horas, como si el bosque cobrara intereses por cada kilómetro adicional que uno se atrevía a pedirle prestado.
Donde hoy se yergue la Piedra del Indio, entonces había apenas un paso de carretas de bueyes y una huella pequeña, porque el río corría más bajo en esos años. Por ahí cruzaban las carretas hacia el Valle Simpson, y otro sendero se desviaba hacia Balmaceda, dos destinos que hoy suenan tan distantes en cualquier mapa moderno y que entonces, sin saberlo, compartían el mismo puñado exacto de barro.
Al cuarto día, don Liborio ya estaba acostumbrado, esa palabra tan generosa que usamos los seres humanos para nombrar la resignación cuando queremos que suene, ante nosotros mismos, a virtud. El invierno, generoso también, pero a su manera particular de serlo, no se hizo esperar: nevó, metro y medio, parejo, sin distinguir entre quien merecía el frío y quien no, porque el clima, a diferencia de los hombres, nunca ha entendido bien el concepto de merecer nada. Los alambres del cerco se adivinaban por las puntitas de los palos que lograban sobresalir, y bajo esa nieve reciente había otra capa, la escarcha de noches anteriores, endurecida como cemento, como si la propia tierra hubiera decidido ponerse rígida para no dejarse hundir tan fácilmente por un puñado de forasteros con caballos cansados.
Lago Blanco era la única estancia argentina donde todavía quedaban vacantes, porque hasta en la mitad de la nada patagónica existía algo parecido a un mercado laboral, con sus cupos limitados y su oferta siempre escasa frente a tanto hombre dispuesto a trabajar en lo que fuera. Ahí trabajó Liborio por primera vez, y uno imagina, sin que él lo dijera con estas palabras exactas, el alivio concreto de por fin tener un techo asignado después de cuatro días enteros durmiendo bajo cielos que no preguntaban nada a cambio de su frío.
La temporada siguiente lo encontró en Nueva Lubecka, y fue ahí donde el oficio guardado en el bolsillo, ese que había viajado con él desde Chonchi sin usarse todavía, finalmente salió a trabajar: peluquero. Atendió peones, atendió administradores, sin distinguir demasiado entre jerarquías con la tijera en la mano, porque el pelo, a diferencia del sueldo, crecía igual de rápido en la cabeza de un capataz inglés que en la de un arriero chilote recién llegado. Se hizo conocido. Tan conocido que, meses después, cuando por fin llegó a Baquedano, ya no necesitó presentación alguna: solo necesitó un lugar donde instalarse.
Y así lo hizo. Fue el primer peluquero del pueblo, en las afueras, lejos, donde hoy corre la calle Monreal, rodeado de calafatales, en una casa de campo donde los trabajadores empezaron a llegar a dejarse atender, uno detrás de otro, con esa fe casi ciega que solo inspira un hombre que ya demostró, en otra estancia, en otro invierno, que sabe manejar bien el filo sin cortar más de lo necesario.
Uno podría pensar, mirando esta historia desde la comodidad de una silla con calefacción, que Liborio Oyarzún fue apenas un peluquero más, una nota al margen de la historia grande de Aysén, ocupada casi siempre en nombrar guerras, fundaciones oficiales y administradores ingleses de apellido fácil de recordar. Pero ahí está el error de siempre, el mismo que cometían los libros que Liborio quizás leyó antes de partir, y que no le contaron nada de lo que en realidad lo esperaba: la historia de un pueblo no la escriben solamente los que fundan con acta y discurso, sino también los que caminan cuatro días bajo la nieve, cargando apenas un oficio sin estrenar, dispuestos a ponerlo en práctica en cualquier rincón que se los permitiera.
Porque mientras los ingleses organizaban sus cuatro estancias con la precisión fría de quien juega con fichas que no son suyas, era gente como Liborio la que iba tejiendo, corte de pelo a corte de pelo, la trama invisible de un pueblo que todavía no tenía ni nombre oficial ni calle Monreal donde situarse en ningún plano municipal. Baquedano, antes de ser Baquedano, era exactamente esto: un puñado de hombres dispuestos a caminar por instinto, como sus propios caballos entre la selva, confiando en que el destino, tarde o temprano, les iba a señalar dónde clavar las tijeras y quedarse, por fin, quietos.

Aunque ninguno de ellos lo hubiera podido explicar con estas mismas palabras. Porque los pueblos, al final, no nacen del todo en el papel donde alguien firma su fundación con letra elegante. Nacen antes, mucho antes, en la cabeza recién cortada de un peón cualquiera, en una tarde cualquiera, mientras alguien como don Liborio Oyarzún, con la paciencia de quien ya cruzó ríos, nieve y selvas para llegar hasta ahí, se limitaba a hacer lo único que sabía hacer bien: prestarle, a cada cabeza que se sentaba frente a él, la misma atención exacta con que la Patagonia entera, sin saberlo todavía, estaba prestándole atención a sí misma.
Hoy, cuando alguien camina por la calle Monreal de Coyhaique, sin saber que ahí hubo alguna vez calafatales y una casa de campo convertida en la primera peluquería del pueblo, valdría la pena que se detuviera un segundo. No hace falta una placa, ni un monumento, ni un discurso solemne de aniversario con autoridades sentadas en primera fila. Basta con imaginar, apenas un instante, a un hombre joven bajando de un vapor sin saber todavía que su tijera iba a terminar siendo, sin que él lo planeara ni lo buscara, una herramienta de fundación tan válida como cualquier acta firmada en Santiago por alguien que nunca pisó esa nieve.
Porque así se hicieron los pueblos de esta Patagonia nuestra: no de una vez, con un solo gesto grandioso y una banda tocando el himno, sino de a poco, corte a corte, invierno a invierno, hasta que un día cualquiera, sin ceremonia ni previo aviso, ya eran pueblo del todo, y ya nadie recordaba con exactitud el momento preciso en que habían dejado de ser, simplemente, un puñado de hombres cansados esperando la mañana junto al fuegón.
Grupo DiarioSur, una plataforma de Global Channel SPA.
Powered by Global Channel
267991